Una mascota tranquila no es necesariamente una mascota en Bienestar

Una mascota tranquila no es necesariamente una mascota en Bienestar

“Es súper tranquilo.”

Probablemente es una de las cosas que más nos gusta escuchar cuando hablamos de un perro o un gato. Y tiene sentido: convivir con un animal que no ladra constantemente, no rompe cosas, no exige atención y puede pasar buena parte del día descansando parece, desde nuestra perspectiva, bastante fácil.

El problema es que a veces terminamos evaluando el bienestar de nuestros animales según cuánto nos incomodan.

Si no ladra, está bien. Si no rompe, está bien. Si no pide nada, está bien. Si no juega, quizás simplemente “es tranquilo”. Y cuando ese comportamiento no genera ningún problema para nosotros, podemos dejar de preguntarnos si detrás de esa tranquilidad hay realmente bienestar.

Eso no significa que un animal tranquilo esté necesariamente mal. Hay perros y gatos con personalidades más pausadas, animales que disfrutan mucho descansar, individuos que tienen poco interés por determinadas formas de juego y perros mayores que naturalmente disminuyen la intensidad de sus actividades. No necesitamos convertir a cada mascota tranquila en un problema que resolver.

La pregunta es otra: ¿estamos observando a nuestro animal o solamente estamos observando que no nos molesta?

El bienestar no es solamente la ausencia de malestar

Durante mucho tiempo, hablar de bienestar animal significaba principalmente preguntarnos si había dolor, enfermedad, hambre, miedo, estrés o algún otro indicador de sufrimiento. Y evidentemente esas cosas siguen siendo fundamentales. Un animal que tiene dolor no está bien aunque tenga diez juguetes a su disposición.

Pero la investigación sobre bienestar animal ha ido ampliando esta mirada. Hoy también se habla de bienestar positivo: no solamente de reducir experiencias negativas, sino de crear oportunidades para que existan experiencias positivas y para que el animal pueda involucrarse activamente con su entorno. Eso incluye aspectos como explorar, jugar, interactuar, anticipar actividades que disfruta, expresar preferencias y tener cierto grado de elección y control sobre lo que ocurre en su vida.

Esta diferencia es importante porque un animal puede no estar mostrando un problema evidente y, aun así, tener muy pocas oportunidades para hacer cosas que le resulten significativas.

No necesitamos que un perro esté corriendo por la casa todo el día para demostrar que está feliz. Tampoco necesitamos que un gato juegue durante horas. El bienestar positivo no significa estar permanentemente entretenido.

Significa que, además de preguntarnos qué cosas estamos evitando que le hagan mal, podemos preguntarnos qué cosas tiene disponibles para hacer que le hagan bien.

Y ahí aparece una pregunta que me parece mucho más interesante que “¿mi perro juega?”:

¿Qué le interesa?

Aprender a mirar al animal que tenemos delante

Podemos empezar por observar cosas bastante sencillas.

¿Explora cuando aparece algo nuevo? ¿Busca interacción con nosotros? ¿Tiene actividades que anticipa? ¿Muestra preferencias? ¿Le gusta olfatear, masticar, buscar comida, perseguir, jugar con nosotros, recibir cariño o simplemente observar lo que ocurre a su alrededor? ¿Hay determinadas situaciones en las que vemos aparecer entusiasmo o curiosidad?

Y hay otra pregunta especialmente importante: ¿siempre ha sido así?

Porque un perro que nunca ha sido especialmente juguetón es una cosa. Un perro que antes jugaba y dejó de hacerlo es otra completamente distinta.

Un gato que nunca tuvo demasiado interés por perseguir juguetes no necesariamente tiene un problema. Un gato que durante años exploraba, jugaba e interactuaba con su familia y de pronto deja de hacerlo merece que nos preguntemos qué cambió.

El comportamiento de un individuo tiene mucho más sentido cuando lo conocemos en el tiempo.

Eso también nos ayuda a evitar otro error: convertir una sola conducta en una conclusión sobre el bienestar completo del animal. La investigación sobre juego y bienestar muestra justamente que el juego puede aportar información útil, pero no funciona como un indicador único ni universal. La actividad, por ejemplo, puede aumentar tanto por entusiasmo como por estrés, y disminuir por razones tan diferentes como descanso, edad, dolor, enfermedad o falta de interés.

Por eso no queremos crear una nueva regla del tipo “si tu perro no juega, está mal”.

Queremos aprender a mirar el conjunto.

Dejar las etiquetas del lado

Esto también requiere cuestionar algunas de las explicaciones que usamos para describir a nuestras mascotas.

“Es loco.”
“Es flojo.”
“Es mañoso.”
“Es tranquilo.”
“No juega.”
“No le gusta comer.”
“Es hediondo.”

A veces estas frases simplemente describen algo que estamos observando. Pero también pueden convertirse en el punto final de la conversación. Una vez que decidimos que “el perro es así”, dejamos de preguntarnos por qué.

Y muchas veces vale la pena hacer esa pregunta.

Un perro que parece “loco” podría estar muy ansioso. Uno que parece “flojo” podría tener dolor. Un perro que huele mal podría tener un problema dermatológico o dental. Un gato que evita el contacto podría estar incómodo o asustado. Un animal que no muestra interés por la comida podría simplemente no valorar ese alimento, pero también podría estar atravesando un problema de salud.

No significa que detrás de cada comportamiento haya una enfermedad o un problema emocional. Significa que una etiqueta describe mucho menos de lo que creemos.

Algo que nosotros mismos aprendimos con Doki fue justamente eso.

Cuando llegó a nuestra casa, Doki prácticamente no jugaba. Podía agarrar algún juguete y terminar destruyéndolo, pero no veíamos demasiado interés por interactuar con ellos. Tampoco estaba especialmente interesado en la comida y tenía un nivel de ansiedad muy alto. Durante un tiempo gran parte de su conducta estaba concentrada en Puppy, hasta el punto de que tuvimos que separarlos porque Doki estaba demasiado activado.

En ese momento podríamos haber dicho simplemente que Doki era un perro raro, que no jugaba o que era “loco”. De hecho, antes de que nosotros aprendiéramos más sobre comportamiento animal, probablemente esa habría sido nuestra explicación.

Pero con el tiempo, cuando comenzó a sentirse más seguro y su ansiedad empezó a disminuir, apareció algo que antes casi no veíamos: el juego.

Hoy puede tomar un juguete, acostarse en el suelo con él, abrazarlo, mordisquearlo, darle vueltas, volver a tomarlo y permanecer interactuando con él. No necesitamos afirmar que esa conducta demuestra por sí sola que Doki está bien; el bienestar no se puede diagnosticar observando un solo comportamiento. Pero dentro de toda su historia sí fue muy significativo ver cómo, a medida que se encontraba más cómodo, comenzaron a aparecer nuevas formas de interactuar con su entorno.

Eso es precisamente lo que puede perderse cuando convertimos demasiado rápido una conducta en un rasgo de personalidad.

Quizás el perro no era “un perro que no jugaba”.

Quizás todavía no estábamos viendo al perro que aparecía cuando se sentía suficientemente seguro para hacerlo.

Enriquecer no es llenar la casa de juguetes

Una vez que empezamos a observar a nuestro animal de esta manera, aparece otra pregunta: ¿qué podemos hacer para ofrecerle más oportunidades de interactuar con su entorno?

Y aquí entra el enriquecimiento.

Pero enriquecer no significa simplemente comprar muchos juguetes y dejarlos tirados por la casa. Un objeto se convierte en una oportunidad de enriquecimiento cuando permite que el animal haga algo que le resulta relevante o interesante.

Por eso tampoco existe “el juguete para perros”.

Una pelota puede ser fantástica para un perro que disfruta perseguir objetos y completamente irrelevante para otro. Un juguete para masticar puede ser una gran actividad para un perro que necesita masticar, pero no despertar ningún interés en uno que prefiere buscar. Un juguete rellenable puede resultar entretenido para un perro que disfruta trabajar por su comida y frustrante para otro que todavía no entiende cómo utilizarlo.

Lo mismo ocurre con los gatos. Un gato puede disfrutar perseguir objetos que se mueven de determinada manera, mientras otro puede mostrar mucho más interés por explorar, buscar alimento, esconderse o interactuar socialmente. Estudios sobre preferencias de enriquecimiento en gatos han encontrado justamente diferencias individuales en la forma en que responden al juego, la interacción y otras actividades.

Por eso, cuando alguien nos dice “mi perro no pesca ningún juguete”, quizás la respuesta no sea inmediatamente buscar un juguete más llamativo.

Primero podemos preguntarnos qué tipo de actividad le estamos ofreciendo.

Probar también es parte del proceso

Una de las cosas más frustrantes para un tutor puede ser comprar algo con toda la ilusión y descubrir que el perro no lo pesca.

Y ahí es muy fácil llegar a la conclusión de que “a mi perro no le gustan los juguetes”.

Pero en realidad hemos aprendido muy poco.

Si le ofrecemos una pelota y no le interesa, sabemos que esa pelota no consiguió despertar su interés. Nada más.

Podemos probar otra forma de interacción. Podemos cambiar el material, el movimiento, la textura, el tamaño, la dificultad o la manera en que presentamos la actividad. Podemos descubrir que nuestro perro prefiere buscar comida antes que perseguir una pelota, o que disfruta mucho más un juguete para masticar que uno de tira y afloja.

Y tampoco necesitamos que todas las experiencias sean exitosas.

El enriquecimiento también consiste en observar qué no funciona.

Esto puede ser especialmente importante con perros que han llegado a nuestra casa después de experiencias difíciles. Un perro que todavía no se siente seguro puede necesitar primero tiempo para explorar antes de mostrar interés por un juguete. Otro puede necesitar que nosotros le enseñemos cómo utilizar un objeto. Otro puede descubrir una actividad meses después de haber llegado.

Por eso, si algo no funciona, no necesitamos frustrarnos ni convertirlo en una nueva etiqueta.

No es “mi perro no juega”.

Es “esto no le interesó”.

Y podemos seguir observando.

¿Cuándo deja de ser solamente una preferencia?

También hay un momento en que la falta de interés merece que dejemos de pensar solamente en juguetes.

Un perro que nunca fue particularmente juguetón, pero que come bien, explora, disfruta de sus paseos, busca interacción y tiene determinadas actividades que le encantan, probablemente simplemente tenga sus propias preferencias.

Pero si un perro que antes jugaba deja de hacerlo, pierde interés por la comida, deja de explorar, se retrae, duerme mucho más, deja de buscar interacción o parece haber perdido interés por prácticamente todo lo que antes disfrutaba, la pregunta debería ser más amplia.

¿Qué cambió?

Puede haber dolor, enfermedad, estrés, miedo, inseguridad, un cambio ambiental, efectos de medicamentos o muchas otras razones. No podemos diagnosticar la causa solamente observando que el perro no juega. Pero sí podemos reconocer que un cambio generalizado en el comportamiento merece atención y, especialmente cuando viene acompañado de otros cambios físicos o conductuales, una evaluación veterinaria.

Esto es todavía más importante en animales mayores. Un perro senior puede jugar menos y necesitar actividades diferentes, pero no deberíamos asumir automáticamente que cualquier cambio importante se debe simplemente a la edad. El envejecimiento puede venir acompañado de dolor, alteraciones sensoriales u otras condiciones que también modifican la conducta.

La tranquilidad, entonces, no debería ser el final de nuestra observación.

Debería ser el punto desde el que empezamos a conocer mejor a nuestro animal.

Mirar más allá de si nos molesta

Quizás el verdadero problema de decir “mi perro es súper tranquilo” no está en la frase, sino en que muchas veces dejamos de mirar después de decirla. Cuando un perro no ladra, no rompe cosas, no exige atención y no genera conflictos, tenemos menos motivos para preguntarnos cómo está, porque desde nuestra perspectiva la convivencia funciona bien. Sin embargo, el bienestar de un animal no debería evaluarse principalmente por la cantidad de problemas que nos genera. También necesitamos saber si tiene oportunidades de explorar, interactuar, elegir, jugar o simplemente interesarse por aquello que ocurre a su alrededor, porque la ausencia de conductas molestas nos dice bastante poco sobre la calidad de su experiencia cotidiana.

Eso también cambia la manera en que entendemos el enriquecimiento. No se trata de conseguir que nuestro perro haga cada vez más cosas ni de llenar la casa de juguetes hasta encontrar uno que finalmente lo entretenga. Se trata de observar qué actividades parecen tener valor para ese individuo y ofrecerle oportunidades para expresarlas. Si una pelota no le interesa, esa información puede servirnos para probar con búsqueda, olfateo, masticación, exploración o interacción social; si ninguna de esas cosas despierta interés, entonces quizás la pregunta ya no sea qué juguete comprar, sino qué puede estar interfiriendo con su capacidad o sus ganas de involucrarse con el entorno.

Por eso creo que vale la pena mirar a nuestras mascotas más allá de si son fáciles de convivir. Un perro puede ser tranquilo y estar perfectamente bien, del mismo modo que puede ser tranquilo porque tiene pocas oportunidades de participar activamente en su entorno, porque no se siente suficientemente seguro para hacerlo o porque algo ha cambiado y todavía no nos hemos dado cuenta. La diferencia no está en cuántos juguetes tiene, ni en cuánto juega comparado con otro perro, sino en conocerlo lo suficiente como para reconocer sus intereses, sus preferencias y sus cambios.

Al final, enriquecer su vida no consiste simplemente en mantenerlo ocupado: consiste en darle oportunidades para descubrir y expresar qué cosas tienen valor para él.

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