Tu perro puede decir que no: qué hacer cuando una reacción se vuelve imposible de manejar

Tu perro puede decir que no: qué hacer cuando una reacción se vuelve imposible de manejar

Hay perros que no quieren saludar a todas las personas. Otros se incomodan con los niños, con las bicicletas, con los perros desconocidos o con determinadas formas de acercamiento. Algunos reaccionan solamente en ciertos lugares o situaciones y pueden comportarse de manera completamente distinta cuando cambia el contexto. El problema aparece cuando esa incomodidad deja de ser algo que podemos respetar y gestionar fácilmente y se transforma en una conducta que pone al propio perro, a otras personas o a otros animales en riesgo.

Cuando hablamos de perros reactivos, es bastante habitual que la conversación se centre en cómo conseguir que dejen de reaccionar. Queremos que no ladren, que no tiren de la correa, que no intenten escapar, que no gruñan o que puedan pasar junto a aquello que los activa como si nada estuviera ocurriendo. Y es comprensible: convivir con un perro que puede reaccionar de manera intensa frente a una bicicleta, un niño, otro perro o una persona puede ser agotador y, en determinadas circunstancias, peligroso. Sin embargo, antes de preguntarnos cómo hacemos para eliminar esa reacción, hay una pregunta que puede cambiar bastante la forma de abordar el problema: ¿qué está intentando comunicar el perro cuando reacciona de esa manera?

Esto no significa asumir que toda reacción es una decisión consciente ni que cada ladrido tiene un mensaje perfectamente traducible. El comportamiento de un perro es mucho más complejo que eso. Una misma conducta puede aparecer por miedo, frustración, excitación, territorialidad, conflicto, predación o una combinación de varios factores. Pero sí podemos reconocer que, en muchos casos, la reacción aparece cuando el perro ya no se siente capaz de gestionar adecuadamente una situación. Por eso, intentar eliminar solamente la conducta visible puede ser insuficiente. Si conseguimos que el perro deje de ladrar, gruñir o lanzarse hacia aquello que le preocupa, todavía necesitamos saber qué ocurrió con el problema que produjo esa respuesta.

Enseñar no es lo mismo que suprimir

Aquí aparece una distinción importante entre enseñar y suprimir. Enseñar una conducta alternativa significa darle al perro otra herramienta para desenvolverse en una situación difícil. Suprimir una conducta, en cambio, puede significar simplemente conseguir que deje de expresarla. Las dos cosas pueden verse parecidas desde afuera, pero no necesariamente producen el mismo resultado.

Esto es especialmente importante con las señales de incomodidad. Un perro que gruñe cuando alguien se acerca está comunicando que esa situación le resulta problemática. Podemos trabajar para que aprenda una respuesta diferente, modificar las condiciones que provocan esa incomodidad y enseñarle que existen otras maneras de manejarla. Pero si simplemente conseguimos que deje de gruñir mediante castigo o intimidación, no tenemos ninguna garantía de que haya dejado de sentirse incómodo. Lo único que sabemos es que dejó de utilizar esa señal.

La distancia también es una herramienta

De hecho, en comportamiento canino se reconoce hace tiempo que trabajar por debajo del llamado umbral de reacción es fundamental para poder modificar una respuesta emocional. Cuando un perro está demasiado cerca de aquello que lo activa y ya se encuentra ladrando, lanzándose, intentando escapar o completamente fijado en el estímulo, no está en las mismas condiciones de aprendizaje que cuando puede percibirlo y todavía mantener cierta capacidad de responder a su entorno. Por eso, aumentar la distancia o reducir la intensidad del estímulo no es “premiar” una reacción ni enseñarle al perro que puede salirse con la suya. Es una forma de manejo y, cuando corresponde, también puede convertirse en parte del aprendizaje.

Pensemos, por ejemplo, en Puppy y una situación que para él puede ser especialmente difícil: un niño andando en scooter. Si aparece de repente a pocos metros y Puppy se lanza hacia él, intentar aprovechar ese momento para enseñarle a sentarse, mirarnos o aceptar un premio probablemente no sea una estrategia muy realista. En ese punto la prioridad es la seguridad y recuperar una distancia en la que Puppy pueda volver a procesar lo que ocurre. Pero si vemos al niño desde lejos y Puppy lo observa sin lanzarse, todavía puede caminar, olfatear, responder a nosotros o continuar con lo que estaba haciendo, entonces tenemos una situación completamente diferente.

Ahí podemos empezar a trabajar.

Lo primero no necesariamente es distraerlo para que no vea al niño. Si queremos modificar la relación que tiene con determinados estímulos, necesitamos que pueda registrarlos sin quedar sobrepasado. Podemos permitir que lo mire y observar qué ocurre. Si mantiene una conducta relativamente normal, podemos marcar ese momento con un “muy bien” si esa palabra ya tiene valor para él y asociar la presencia del estímulo con algo que Puppy considere positivo. En algunos perros será comida; en otros puede ser juego, atención, continuar caminando, explorar, o incluso aumentar la distancia. No existe un reforzador universal y, en el caso de Puppy, sabemos que la comida no necesariamente funciona cuando está preocupado por algo, por lo que no tendría sentido insistir en ofrecerle premios cada vez más atractivos si el problema es que el estímulo ya superó su capacidad de procesarlo.

La idea es construir progresivamente una asociación diferente: aparece aquello que normalmente me preocupa, puedo observarlo sin perder el control y después ocurre algo que para mí tiene valor. En algunos casos, además, podemos empezar a reforzar que el propio perro se oriente nuevamente hacia nosotros. No necesitamos exigirle desde el primer momento que se siente, que mantenga contacto visual o que ignore completamente aquello que le preocupa. Primero necesitamos que pueda permanecer funcional frente al estímulo. A partir de ahí podemos ir construyendo respuestas más específicas.

La distancia es especialmente importante en este proceso. Si Puppy puede ver a un niño en scooter a veinte metros y continuar caminando, esa distancia nos entrega una oportunidad de aprendizaje. Si después de varias experiencias similares eso comienza a resultarle sencillo, podemos modificar una sola variable a la vez: quizá reducir un poco la distancia, o trabajar con un movimiento algo diferente, o cambiar de entorno. No necesitamos aumentar simultáneamente la cercanía, la velocidad, el ruido y la cantidad de personas. Cuando aumentamos demasiadas dificultades a la vez, es mucho más fácil que el perro vuelva a superar su umbral y terminemos practicando precisamente la reacción que queríamos modificar.

Cuándo reducir la dificultad

Y hay otra señal que conviene aprender a leer: cuando el perro deja de estar disponible para aprender. Si Puppy deja de aceptar aquello que normalmente valora, deja de responder, se queda completamente fijado en el estímulo, aumenta su tensión corporal o empieza a prepararse para lanzarse, esa información es más importante que cualquier ejercicio que teníamos planificado. Nos está indicando que la situación se volvió demasiado difícil. En ese momento no necesitamos encontrar una orden más poderosa ni un premio mejor; necesitamos reducir la dificultad y permitir que se recupere.

Esto también explica por qué la gestión del entorno es una parte tan importante del tratamiento de la reactividad. Evitar que un perro practique una conducta peligrosa no significa que estemos evitando el entrenamiento. Si sabemos que una determinada situación puede terminar en una mordida o que un perro puede salir corriendo detrás de una bicicleta hacia la calle, impedir que llegue a ese punto es una responsabilidad básica. El manejo y el entrenamiento no son estrategias opuestas: el manejo permite mantener la situación segura mientras el aprendizaje ocurre en condiciones en las que el perro realmente puede aprender.

El contexto dice más que una etiqueta

Además, no todos los perros reaccionan de la misma manera frente al mismo estímulo ni lo hacen en todos los contextos. Un perro puede tolerar perfectamente a una persona en un parque y reaccionar frente a esa misma persona cuando está detrás de una reja en su casa. Puede aceptar bicicletas cuando las ve pasar lentamente a cierta distancia y reaccionar intensamente frente a una motocicleta que aparece de repente. Puede disfrutar de determinadas interacciones sociales y sentirse incómodo con otras. Por eso, describir a un perro simplemente como “agresivo con las personas” o “reactivo a las bicicletas” puede ser demasiado general para entender qué está ocurriendo.

En realidad, muchas veces el contexto nos entrega información que la etiqueta no contiene.

¿Dónde ocurre?
¿Qué estaba haciendo el perro antes?
¿A qué distancia apareció el estímulo?
¿Se acercó directamente o pasó de largo?
¿Había una barrera?
¿El movimiento fue rápido?
¿Había ruido?
¿El perro estaba cansado, excitado o ya llevaba varias situaciones difíciles durante el paseo?
¿Pudo alejarse?
¿Qué ocurrió después de la reacción?

Todas esas variables pueden ayudarnos a entender qué está provocando el comportamiento y, sobre todo, qué podemos modificar para que el perro tenga mejores posibilidades de responder de otra manera.

No necesita amar todo lo que encuentra

Esto es particularmente relevante cuando el objetivo deja de ser “que mi perro sea sociable” y pasa a ser algo mucho más concreto: que pueda vivir de manera segura en un mundo que no controla.

Porque no necesitamos que nuestro perro ame las bicicletas, quiera saludar a todas las personas o acepte cualquier situación que le presentemos. Necesitamos que pueda desenvolverse de manera segura en un mundo donde las bicicletas, las personas, los niños, los perros y las situaciones que no eligió van a seguir existiendo. Eso cambia bastante el objetivo del entrenamiento. Ya no se trata necesariamente de convertir aquello que le incomoda en algo que le encanta, sino de conseguir que pueda percibirlo sin quedar completamente sobrepasado y que tenga respuestas suficientemente flexibles como para atravesar la situación de manera segura.

A veces esa respuesta será mirar a su tutor y continuar caminando. Otras veces será aumentar la distancia, cambiar de dirección o terminar una interacción. En otras situaciones será necesario trabajar progresivamente sobre el estímulo hasta que deje de provocar la misma respuesta emocional. Y también habrá casos en los que simplemente tendremos que aceptar que determinadas situaciones seguirán siendo difíciles para ese individuo y organizar su vida de manera que pueda evitarlas sin que eso signifique una peor calidad de vida.

Para mí, ahí está una diferencia importante entre intentar cambiar la personalidad de un perro y enseñarle herramientas para convivir. Un perro debería poder mostrarnos que algo no le gusta, y nuestra responsabilidad no es conseguir que deje de expresarlo, sino ayudarlo a desarrollar formas cada vez más seguras y funcionales de hacerlo. Si podemos conseguir que un “no quiero acercarme” se convierta en mirar a su tutor, detenerse, alejarse o pedir distancia, hemos cambiado muchísimo la situación aunque el perro siga sin querer acercarse. No necesitamos eliminar todos sus “no me gusta”; necesitamos que pueda comunicarlos de una manera que nosotros podamos entender y acompañar, en lugar de tener que resolverlos por sí mismo mediante una conducta que puede terminar haciéndole daño a él o a otra persona.

Cuando hay riesgo, la seguridad va primero

Y cuando una reacción ya implica intentos de mordida, persecución de vehículos, riesgo de escape o cualquier otra situación que pueda terminar en un accidente, el objetivo no debería ser experimentar con exposiciones cada vez más difíciles en la vida cotidiana. Ahí el manejo de seguridad pasa a ser prioritario y es recomendable trabajar con un profesional cualificado en comportamiento canino, idealmente en conjunto con un veterinario cuando sea necesario descartar factores médicos o evaluar la conducta de manera integral.

Porque decir que un perro puede decir que no no significa que tengamos que aceptar que cualquier forma de decir que no sea segura. Significa algo bastante más exigente: tenemos que escuchar lo que está ocurriendo antes de que el perro necesite gritarlo.

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