No confundamos el silencio con calma
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Hay una escena que probablemente muchas personas han vivido. Un perro gruñe cuando alguien se acerca a su comida, cuando intentan moverlo de un lugar donde está descansando, cuando otro perro se aproxima demasiado o cuando alguien toca una parte de su cuerpo que le molesta. El primer impulso suele ser bastante humano: queremos que deje de hacerlo. Le decimos que no, lo retamos, lo apartamos o intentamos enseñarle que ese comportamiento no está permitido.
Y, desde nuestra perspectiva, puede parecer que funciona. El perro deja de gruñir.
En ese segundo caso, hemos conseguido modificar la conducta. No necesariamente hemos modificado aquello que la originaba.
Que deje de gruñir no nos cuenta toda la historia
El problema es que hemos aprendido a mirar el comportamiento como si fuera el problema, cuando muchas veces el comportamiento es la parte visible de un problema que está ocurriendo en otro nivel. Un gruñido puede ser una señal de incomodidad, miedo, conflicto o necesidad de aumentar la distancia. No es una explicación completa de lo que está sintiendo el perro, ni todos los gruñidos significan exactamente lo mismo, pero sí forma parte de su sistema de comunicación. De hecho, estudios experimentales han mostrado que los perros modifican sus vocalizaciones de gruñido dependiendo del contexto y del nivel de amenaza que perciben, lo que nos recuerda que no estamos frente a un ruido automático, sino frente a una conducta comunicativa sensible al contexto.
Por eso hay algo extraño en celebrar demasiado rápido que un perro haya dejado de gruñir. Porque una cosa es que el perro haya aprendido que determinada situación ya no representa una amenaza y, por lo tanto, deje de necesitar esa señal. Otra completamente distinta es que siga sintiéndose incómodo, pero haya aprendido que expresar esa incomodidad tiene consecuencias que quiere evitar.
Esta diferencia parece pequeña, pero cambia bastante la manera en que deberíamos entender el entrenamiento. La American Veterinary Society of Animal Behavior sostiene que los métodos de entrenamiento deberían centrarse en enseñar al animal qué hacer y en modificar las condiciones que generan el comportamiento problemático, en lugar de limitarse a castigar la respuesta que nos resulta indeseable. Su posición se basa en una revisión de la evidencia disponible sobre bienestar, aprendizaje y relación humano-animal, y señala que los métodos aversivos pueden asociarse con miedo, estrés, evitación y otros problemas de comportamiento.
Pero creo que incluso esta explicación puede quedarse corta si la reducimos a “castigar el gruñido es malo porque después podría morder”. El problema es más profundo que eso.
Porque cuando castigamos una señal, estamos enseñando algo sobre la comunicación misma.
Imaginemos que un perro está comiendo y una persona se acerca demasiado. El perro gruñe. Si la respuesta humana consiste en retarlo, castigarlo o quitarle aquello que estaba protegiendo, el perro puede aprender que gruñir no consigue que la persona se aleje, sino que además provoca una consecuencia desagradable. Si esa experiencia se repite, puede modificar su conducta. Pero que el gruñido desaparezca no nos permite concluir que ahora está cómodo con que alguien se acerque a su comida. Puede significar simplemente que esa forma de comunicarlo dejó de ser útil.
Esto es importante porque los animales no solamente aprenden qué conductas reciben recompensas. También aprenden qué conductas tienen consecuencias y cuáles les permiten modificar lo que ocurre a su alrededor. La capacidad de tener algún grado de control sobre una situación y de anticipar sus consecuencias es relevante para el bienestar animal, y estudios experimentales han mostrado que la falta de control sobre estímulos aversivos puede producir respuestas de estrés mayores que cuando el animal tiene cierto control sobre ellos.
Entonces, cuando un animal deja de protestar, tenemos que preguntarnos qué cambió realmente.
¿Cambió la situación?
¿Cambió la emoción que provocaba la respuesta?
¿Aprendió una estrategia alternativa?
¿O simplemente aprendió que protestar no sirve?
No siempre podremos saberlo a partir de una sola conducta, y precisamente por eso el silencio es una señal tan fácil de interpretar mal.
Menos conducta visible no siempre significa más bienestar
Esto también aparece en contextos mucho menos evidentes que el gruñido. Un perro que deja de intentar escapar cuando lo manipulan puede parecer más tranquilo. Un perro que deja de acercarse a la puerta cuando llegan visitas puede parecer más educado. Un perro que ya no ladra frente a determinados estímulos puede parecer que aprendió a comportarse. Y, en algunos casos, efectivamente puede haber aprendido una conducta alternativa y estar mucho mejor. Pero en otros, la reducción de una conducta visible puede coexistir con miedo, estrés o inhibición.
La investigación sobre bienestar canino ha empezado a prestar especial atención a estas diferencias. Una evaluación publicada en 2024, que comparó perros con trastornos de conducta con perros considerados sanos, encontró diferencias no solamente en las conductas problemáticas, sino también en factores como miedo y ansiedad, reacción frente a estresores, interacciones sociales y, de manera especialmente interesante para esta conversación, elección, control y predictibilidad. Los autores plantean que estos factores pueden ser indicadores importantes de la salud emocional del perro y que el bienestar no puede entenderse únicamente observando si existe o no una conducta que los humanos consideramos problemática.
Esto último me parece particularmente interesante porque cambia la pregunta. En vez de preguntarnos solamente “¿cómo hago para que mi perro deje de hacer esto?”, podríamos preguntarnos “¿qué está intentando resolver mi perro cuando hace esto?”.
Y no es una diferencia menor.
Si un perro ladra desesperadamente cada vez que escucha algo en el pasillo, podemos intentar enseñarle a permanecer en silencio. Pero también podemos preguntarnos qué ocurre cuando escucha ese ruido, qué anticipa, qué tan predecible es para él, si puede alejarse, si tiene un lugar donde sentirse seguro y qué hemos hecho nosotros cada vez que aparece el estímulo. Si un perro gruñe cuando alguien se acerca mientras come, podemos intentar eliminar el gruñido, o podemos preguntarnos por qué necesita proteger su comida y qué experiencia está teniendo cuando una persona se aproxima.
En otras palabras, podemos trabajar sobre la conducta o podemos intentar comprender la situación que hace que esa conducta sea necesaria.
Eso no significa que todas las conductas deban conservarse. Evidentemente necesitamos enseñar a nuestros perros maneras de desenvolverse en un mundo humano. Un perro que salta sobre una persona, roba comida o ladra cada vez que alguien toca el timbre puede necesitar aprender respuestas diferentes. La cuestión no es dejar que el animal haga cualquier cosa que haga espontáneamente. La cuestión es distinguir entre enseñar una conducta alternativa y simplemente conseguir que deje de expresar una respuesta sin resolver aquello que la provoca.
La diferencia se ve bastante clara en el caso del miedo. Si un perro tiene miedo de las personas y ladra cuando alguien se acerca, podemos conseguir que deje de ladrar mediante castigo. Pero eso no convierte automáticamente a las personas en algo menos amenazante para él. En cambio, podemos trabajar sobre la distancia, el entorno, la asociación con esas personas y las respuestas alternativas que queremos que aprenda. La propia AVSAB señala que los problemas de miedo, ansiedad y agresión requieren considerar el ambiente y las condiciones que mantienen la conducta, además del aprendizaje de nuevas respuestas.
Esto también explica por qué la idea de “un perro bien educado es un perro que no hace determinadas cosas” puede ser bastante limitada. Si definimos el éxito únicamente por la ausencia de ladridos, gruñidos, tirones, huidas o protestas, corremos el riesgo de premiar el silencio sin preguntarnos qué está pasando debajo.
La conducta cambió. ¿Y la experiencia emocional?
Y acá hay una comparación que me parece inevitable:
Cuando somos niños, muchos de nosotros aprendemos muy temprano que determinadas emociones son más aceptables que otras. Hay familias donde llorar se considera una exageración, donde enojarse se interpreta como mala conducta o donde expresar miedo genera vergüenza. Un niño puede aprender, entonces, a no llorar delante de los demás. Puede aprender a tragarse el enojo. Puede aprender a decir “estoy bien” aunque no lo esté.
Y nadie razonable concluiría que, porque dejó de llorar, dejó de estar triste.
La conducta cambió. La experiencia emocional no necesariamente.
No quiero decir con esto que los perros repriman sus emociones de la misma manera que lo hacemos los humanos. Pero la comparación sirve para entender algo mucho más básico sobre el comportamiento: lo que podemos observar no es siempre equivalente a lo que está ocurriendo internamente.
En etología esto importa muchísimo. El comportamiento es una de las principales vías que tenemos para estudiar a otros animales, pero precisamente porque no podemos preguntarles directamente qué sienten, necesitamos evitar interpretar una conducta aislada como si fuera una ventana transparente hacia su experiencia. Un animal puede mostrar una respuesta activa frente al estrés, pero también puede responder mediante evitación, inmovilidad o retraimiento. Una revisión reciente sobre estrés en perros, por ejemplo, describe el aislamiento social, la reducción de la exploración y la inmovilidad como posibles formas de afrontamiento pasivo que pueden coexistir con un deterioro del bienestar.
Eso me hace pensar que quizá hemos cometido un error cultural bastante particular con los animales de compañía: hemos confundido muchas veces la obediencia con el bienestar.
Un perro que no protesta cuando lo tocamos puede ser un perro que aprendió a tolerarlo. Pero también puede ser un perro que está cómodo con la interacción. Un perro que no ladra cuando llega alguien puede haber aprendido una conducta alternativa o puede haber dejado de responder porque la situación ya no le provoca la misma reacción. Un perro que se queda quieto cuando lo manipulan puede estar relajado o puede estar inhibido.
Por eso una conducta aislada nunca debería ser suficiente para sacar una conclusión sobre cómo se encuentra un animal.
El silencio tampoco es una prueba de miedo
Y esto también nos obliga a ser más cuidadosos con el lenguaje. Decimos que un perro es “tranquilo” cuando no se mueve demasiado. Decimos que es “bueno” cuando no protesta. Decimos que “aprendió” cuando dejó de hacer algo que nos molestaba. Pero esas palabras describen nuestra experiencia como humanos mucho más que la experiencia del perro.
Quizás el perro no se volvió más tranquilo. Quizás aprendió que determinadas respuestas no funcionan.
Quizás no dejó de tener miedo. Quizás dejó de intentar escapar.
Quizás no dejó de sentirse incómodo. Quizás dejó de avisarlo de la manera que nosotros podíamos reconocer.
Y, por supuesto, también puede ocurrir lo contrario. Puede haber aprendido una respuesta nueva, puede haberse habituado a un estímulo, puede haber aumentado su confianza o puede haber cambiado realmente aquello que le provocaba la conducta. El punto no es asumir que detrás de cada silencio existe sufrimiento. Eso sería cometer exactamente el mismo error que estamos intentando evitar, solo que en dirección contraria.
El silencio tampoco es una prueba de miedo.
Lo que sí podemos decir es que la ausencia de una conducta no constituye por sí sola evidencia suficiente de bienestar.
Me parece una distinción especialmente importante porque muchas veces las soluciones que utilizamos para convivir con nuestros animales tienen como objetivo hacer que determinadas situaciones sean más fáciles para nosotros. Y eso es completamente comprensible. Vivimos juntos, compartimos espacios y necesitamos que ciertas conductas sean compatibles con la vida cotidiana. Pero si el éxito de una intervención se mide exclusivamente por cuánto más cómodo queda el humano, podemos terminar confundiendo un animal que está mejor adaptado a su entorno con un animal que simplemente aprendió a no expresar cuánto le cuesta.
La buena educación debería hacer que un perro tenga más herramientas para desenvolverse, no menos herramientas para comunicarnos lo que necesita.
El bienestar también está en poder decir que no
Y quizá esa sea una de las razones por las que me interesa tanto esta conversación. Porque cuando hablamos de bienestar animal solemos pensar en comida, ejercicio, juguetes, camas, controles veterinarios y todo aquello que podemos comprar o incorporar a su rutina. Sin embargo, también existe una dimensión menos visible: qué posibilidades tiene ese animal de influir sobre lo que le ocurre y qué pasa cuando intenta decirnos que algo no le acomoda.
Un gruñido puede ser incómodo para nosotros. Una protesta puede ser incómoda. Un perro que se aleja cuando intentamos acariciarlo puede frustrarnos. Un gato que no quiere ser tomado en brazos puede parecernos poco cariñoso. Pero si nuestra solución consiste siempre en conseguir que el animal deje de expresar aquello que nos incomoda, estamos construyendo una convivencia donde la tranquilidad depende de que solo una de las partes pueda hablar.
Y ahí creo que vale la pena detenernos.
No porque debamos permitir cualquier conducta, ni porque toda expresión animal deba interpretarse como una emoción profunda que necesita ser respetada sin límites. El comportamiento es mucho más complejo que eso.
Pero sí porque cuando un animal cambia su comportamiento, la primera pregunta no debería ser solamente si consiguió hacer lo que nosotros queríamos.
También deberíamos preguntarnos qué aprendió para conseguirlo.
Porque hay una diferencia enorme entre un perro que aprendió que puede mirar a su tutor en vez de saltar sobre una visita, y un perro que aprendió que mostrar incomodidad frente a una visita tiene consecuencias. Hay una diferencia entre un animal que deja de escapar porque ahora se siente seguro y uno que deja de escapar porque descubrió que hacerlo no cambia nada. En ambos casos, desde fuera, podríamos describir exactamente lo mismo: “ya no lo hace”.
Y justamente por eso, quizás el verdadero objetivo del entrenamiento no debería ser producir animales silenciosos, sino animales capaces de desenvolverse en su mundo con más herramientas y con menos necesidad de defenderse de él.
Porque un animal tranquilo no es necesariamente el que hace menos ruido.
A veces es simplemente el que ya no necesita hacerlo.