Dejarse hacer no es lo mismo que cooperar
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Hay algo que damos por sentado cuando convivimos con un perro: que debería dejarse tocar.
Que podamos tomarle una pata para mirar sus almohadillas, levantarle una oreja para revisar si está limpia, abrirle la boca para mirar sus dientes, limpiar una herida, ponerle una crema, cortarle las uñas o dejar que un veterinario lo examine. Y tiene sentido que lo demos por sentado hasta cierto punto, porque todas esas cosas forman parte del cuidado básico de un animal. El problema aparece cuando nuestro perro no lo permite y descubrimos que aquello que parecía una habilidad tan básica en realidad nunca se construyó.
Para algunos perros, que una persona se acerque a una pata no es simplemente que una persona se acerque a una pata. Puede ser algo que genera incomodidad, miedo o anticipación. Y si cada vez que intentan escapar, gruñir o mostrar los dientes la persona se detiene, el perro aprende algo bastante lógico: esa conducta funciona. No necesitamos imaginar que está haciendo un razonamiento consciente sobre lo que ocurre. Basta con observar que una conducta que consigue que desaparezca algo que el perro considera amenazante tiene muchas posibilidades de repetirse.
La historia de Doki: más que un perro “que no se deja”
Eso es parte de la historia de Doki.
Doki tuvo experiencias difíciles con la manipulación desde que era muy pequeño. Vivió un tiempo en la calle, aunque no sabemos cuánto de ese período realmente recuerda, y desde cachorro mostró mucho miedo cuando intentaban manipularlo. Además, sus primeras experiencias veterinarias no ayudaron a que esa situación se volviera más fácil. Como las personas que lo atendían le tenían miedo, la respuesta habitual era aumentar la contención y utilizar bozal de tela, haciendo que una situación que ya era difícil para él se volviera todavía más estresante.
Con el tiempo, Doki aprendió que mostrar los dientes, gruñir o hacer esa cara que tanto asusta a quienes no lo conocen conseguía que las personas se alejaran. Y aunque resulta tentador describirlo simplemente como un perro “que no se deja”, esa descripción se queda muy corta. Doki aprendió una estrategia defensiva que, desde su perspectiva, funcionaba.
Hoy eso tiene consecuencias muy concretas. No siempre podemos revisarle las patas. No podemos cortarle las uñas con normalidad. Las consultas veterinarias pueden ser extremadamente difíciles y, en algunas ocasiones, el veterinario ni siquiera consigue examinarlo adecuadamente. Eso significa que incluso una situación aparentemente sencilla puede convertirse en un problema de salud: si necesita una revisión, pero no podemos tocarlo, tenemos un obstáculo real para saber qué está pasando.
Y no es solamente un problema de Doki.
Muchos tutores llegan a situaciones parecidas. Hay perros que no permiten limpiarles los ojos, otros que no toleran que les revisen las orejas, algunos no aceptan que les toquen las patas y otros hacen imposible cepillarles los dientes o aplicarles productos en la piel. A veces eso significa que una necesidad de cuidado termina postergándose indefinidamente. El perro tiene los cojinetes resecos o irritados, pero no podemos aplicarles el producto que necesita. Tiene las orejas con un problema, pero no podemos realizar el cuidado indicado. Necesita cortarse las uñas, pero cada intento termina en una pelea.
Y aquí aparece algo que me parece importante decir con claridad: que un perro no se deje manipular no significa que sea imposible de trabajar.
No todos los perros van a llegar al mismo punto ni todos necesitarán el mismo tiempo. Un perro con una historia de miedo intenso y experiencias veterinarias negativas puede necesitar muchísimo más trabajo que un cachorro que simplemente todavía no aprendió qué significa que le toquen las patas. Pero la manipulación es una conducta que puede entrenarse, y existen enfoques específicamente diseñados para enseñarla utilizando refuerzo positivo, aproximaciones graduales y, sobre todo, dándole al perro cierto grado de participación y control sobre lo que está ocurriendo. La AAHA, por ejemplo, incluye el cuidado cooperativo y las técnicas de bajo estrés entre las estrategias que pueden facilitar exámenes, tratamientos, vacunas y procedimientos como el corte de uñas.
Cooperar no es lo mismo que quedarse quieto
Esto es lo que se conoce como cuidado cooperativo.
La idea puede parecer sencilla: en lugar de pensar solamente en cómo conseguir que el perro se quede quieto mientras nosotros hacemos algo, buscamos enseñarle conductas que le permitan participar en ese procedimiento. Puede aprender a presentar una pata, apoyar el mentón, mantenerse sobre una superficie, acercar voluntariamente una parte del cuerpo o utilizar una conducta previamente entrenada para indicar que está preparado. Algunos enfoques incluso utilizan conductas de inicio y de pausa, de manera que el animal tenga una forma clara de participar en cuándo comienza una interacción y de comunicar que necesita detenerla.
Y acá hay una diferencia fundamental: cooperar no es lo mismo que quedarse quieto.
Un perro puede quedarse inmóvil porque está cómodo, pero también puede quedarse inmóvil porque está asustado, porque aprendió que resistirse no sirve o porque está completamente sobrepasado. Por eso, que un perro permita una manipulación no debería ser nuestra única medida de bienestar. Las recomendaciones veterinarias actuales ponen mucho énfasis en reconocer las señales de miedo y estrés y en utilizar manejo de bajo estrés, refuerzo positivo, pausas y, cuando es necesario, medicación para disminuir el miedo y mantener segura la atención.
De hecho, existe evidencia de que dar a los perros cierto grado de control durante los exámenes puede reducir su estrés, y estudios sobre procedimientos veterinarios colaborativos han encontrado una reducción del estrés a lo largo del tiempo en perros sometidos a este tipo de manejo frente a procedimientos estándar.
Gradual significa dividir, no apurarse un poco menos
Pero hay algo que a veces se pierde cuando hablamos de “hacerlo de manera gradual”: gradual no significa simplemente llegar un poquito menos rápido al mismo objetivo. Significa dividir el objetivo en partes que el perro pueda aprender por separado.
Esto es algo que estamos entendiendo incluso nosotros con Doki.
Con él hemos intentado durante bastante tiempo tocarle las patitas, mostrarle el cortauñas y acostumbrarlo a que le manipulemos las uñas. El problema es que muchas veces hacemos exactamente lo que hacemos los humanos cuando estamos motivados: nos embalamos. Empezamos tocándole la pata, como se deja un poquito pensamos “ya, probemos con la uña”, después aparece el cortauñas, después intentamos acercarlo y, cuando queremos darnos cuenta, estamos intentando enseñarle toda la secuencia en una sola sesión.
Para nosotros todo eso es simplemente “practicar el corte de uñas”. Para Doki son muchas experiencias diferentes.
Que tolere que le acerquemos una mano a la pata no significa que tolere que se la tomemos.
Que tolere que se la tomemos no significa que acepte que toquemos una uña.
Que acepte que toquemos una uña no significa que esté preparado para ver o sentir un cortauñas.
Y que tolere el cortauñas cerca tampoco significa que esté preparado para que lo usemos.
Por eso, una sesión puede haber sido completamente exitosa aunque no hayamos cortado absolutamente ninguna uña.
Si Doki hoy permite que le acerquemos la mano a la pata y la tocamos durante dos segundos antes de retirarla, eso puede ser exactamente el aprendizaje que necesitábamos. La próxima sesión podríamos repetirlo. Cuando esa interacción sea sencilla, quizás podamos sostener la pata durante un segundo. Más adelante tocar una uña. Después mostrar el cortauñas sin acercarlo. Luego acercarlo. Y así sucesivamente.
El orden y el ritmo dependerán del perro. Lo importante es que cada paso sea suficientemente fácil como para que el perro pueda aprenderlo sin tener que llegar al miedo intenso.
Terminar antes de llegar al límite
Y aquí aparece uno de los cambios más importantes que podemos hacer como tutores: dejar de usar el estrés como señal de término de la sesión.
Porque nosotros mismos nos dimos cuenta de que con Doki muchas veces esperamos hasta que gruñe, se pone nervioso o empieza a mostrar claramente que ya no quiere continuar. Y a veces incluso hacemos algo todavía más humano: esperamos un poquito a que se calme y después pensamos “¿intentamos de nuevo?”.
El problema es que, si la señal que utilizamos para terminar siempre es “Doki ya llegó al límite”, estamos practicando demasiado cerca de ese límite. La literatura de manejo veterinario recomienda precisamente moverse al ritmo del animal y evitar que el estrés aumente innecesariamente; en pacientes muy temerosos, incluso se recomienda detener el procedimiento o reprogramarlo antes de que la situación se deteriore.
Entonces quizás la pregunta no debería ser “¿hasta cuánto aguanta Doki?”, sino “¿cuánto podemos hacer antes de que necesite decirnos que ya fue demasiado?”.
Esa diferencia parece pequeña, pero cambia completamente el entrenamiento.
Si esperamos a que Doki gruña para terminar, estamos diciendo que su forma de conseguir una pausa es llegar hasta el gruñido. Si, en cambio, conseguimos reconocer señales anteriores y detenernos cuando todavía está tranquilo, podemos empezar a enseñarle que no necesita llegar hasta ahí para que nosotros lo escuchemos.
Esto no significa que un gruñido sea algo malo que tengamos que eliminar. Al contrario: en un perro como Doki, que históricamente aprendió a utilizarlo para conseguir distancia, es información extremadamente valiosa. Lo que queremos cambiar es que esa sea la única herramienta que tiene disponible.
Y esto también nos obliga a aceptar algo que para los humanos puede ser bastante difícil: a veces el mejor momento para terminar una sesión es cuando sentimos que podríamos hacer un poquito más.
Si Doki nos entregó la pata, pudimos tocarla y siguió tranquilo, quizás ese era el momento perfecto para terminar. No necesitamos aprovechar el entusiasmo para intentar tocar las uñas también. Si otro día acepta que acerquemos el cortauñas, no necesitamos aprovechar para cortarle una. Cada uno de esos pequeños pasos puede convertirse en una experiencia positiva por sí mismo.
Construir una rutina en la que el perro participe
De hecho, esto se parece bastante a lo que hacemos con el lavado de dientes de Doki, aunque en ese caso llegamos a ello de manera bastante intuitiva.
Cuando lo invitamos a lavarse los dientes, esperamos que se acueste de lado. Si está sentado o no está en el sillón, entendemos que todavía no es el momento y esperamos. Con el tiempo, Doki aprendió una rutina en la que su propia conducta precede al procedimiento. No significa que podamos afirmar que acostarse sea una prueba absoluta de que “consiente” todo lo que va a ocurrir después; una conducta entrenada no equivale por sí sola a un consentimiento humano. Pero sí significa que Doki participa en el inicio de la interacción y que nosotros estamos atentos a una señal que nos indica que está disponible para ese tipo de cuidado.
Y hay otros tutores que han encontrado formas parecidas de hacerlo.
Una amiga tiene una perrita que tampoco disfruta especialmente de la manipulación. Para enseñarle a cortarse las uñas, empezó jugando con ella y trabajando primero la conducta de entregar la patita. Le pedía la pata y la recompensaba cuando se la daba, hasta que esa conducta comenzó a formar parte de la rutina del corte de uñas. Hoy la perrita puede ofrecer su pata para que su tutora trabaje sobre ella.
No diría que este caso demuestra que todos los perros pueden aprender exactamente lo mismo ni que entregar una pata sea, por sí solo, una prueba absoluta de que el perro está diciendo “sí”. Es simplemente un ejemplo cotidiano de una idea que sí está respaldada por el enfoque de cuidado cooperativo: podemos entrenar conductas que permitan al perro participar activamente en procedimientos de cuidado.
Y me parece interesante porque cambia la pregunta.
En vez de preguntarnos “¿cómo hago para que mi perro me deje cortarle las uñas?”, podemos empezar a preguntarnos “¿cómo puedo enseñarle a participar en el corte de uñas?”.
La diferencia parece pequeña, pero cambia la relación con el procedimiento. En el primer caso, nosotros tenemos una tarea que necesitamos completar y el perro es el obstáculo que tenemos que conseguir que deje de oponerse. En el segundo, seguimos teniendo una necesidad real —las uñas necesitan ser cortadas—, pero empezamos a construir una habilidad que permite que el perro participe en cómo ocurre.
La atención médica no puede esperar indefinidamente
Eso no significa que podamos dejar todas las decisiones médicas en manos del perro. Hay procedimientos que son necesarios aunque el animal no quiera realizarlos. Si un perro necesita una vacuna, una evaluación o un tratamiento, la salud no puede quedar esperando indefinidamente a que aprenda a colaborar. Pero incluso en esos casos podemos trabajar para que la experiencia sea lo menos estresante posible y utilizar las herramientas que sean necesarias. En perros con miedo intenso, las recomendaciones veterinarias contemplan desde cambios en la forma de manejar al paciente hasta medicación previa o sedación cuando corresponde.
Y esto es especialmente importante porque las experiencias veterinarias también pueden aprenderse. Una visita que termina en una lucha, una sujeción intensa o una experiencia aterradora no necesariamente queda aislada de la siguiente. Las guías de comportamiento de AAHA señalan que los perros que han tenido cierto control durante el examen y experiencias positivas tienden a mostrar menos estrés, mientras que el manejo físico intenso puede aumentar el miedo y dificultar futuras visitas.
Por eso, cuando un perro como Doki necesita atención veterinaria, el objetivo no debería ser demostrar que “se puede” sujetándolo entre varias personas. Si existe una necesidad médica urgente, habrá que resolverla de la manera más segura posible, pero para el futuro conviene construir un plan. El equipo veterinario puede adaptar la consulta, reducir esperas, utilizar técnicas de bajo estrés y, cuando corresponde, indicar medicación previa. El entrenamiento en casa puede trabajar las habilidades necesarias en un contexto mucho más fácil. Son piezas diferentes del mismo problema.
“No se deja” no significa que no haya nada que hacer
Y creo que esto es particularmente importante para quienes tienen un perro que “no se deja” y han empezado a asumir que simplemente no hay nada que hacer.
Sí hay cosas que hacer.
Quizás no podremos pasar de “no permite que le toquen la pata” a “se deja cortar las cuatro uñas” en una semana. Quizás necesitaremos meses. Quizás habrá procedimientos que siempre requerirán apoyo veterinario. Quizás algunos perros nunca estarán cómodos con determinadas manipulaciones. Pero eso es muy distinto de pensar que son perros imposibles.
La propia investigación sobre manejo cooperativo en veterinaria muestra que estos procesos pueden mejorar incluso en animales que llegan con un historial importante de miedo. En un caso descrito por AAHA, por ejemplo, un perro que inicialmente ni siquiera permitía que el veterinario lo tocara comenzó, mediante trabajo progresivo, a participar en conductas que permitieron realizar parte del examen con mucho menos estrés. La mejora no ocurrió de un día para otro y requirió entrenamiento, apoyo veterinario y, en ese caso, medicación para ayudar a controlar la ansiedad.
Eso también nos recuerda algo importante: el entrenamiento positivo no significa que nunca haya que utilizar otras herramientas. Significa que buscamos enseñar y reducir el miedo en lugar de asumir que la fuerza es la solución. Si un perro necesita medicación para poder recibir atención veterinaria sin entrar en pánico, eso puede ser parte de un buen plan de bienestar. Si necesitamos detener una sesión porque está empezando a estresarse, eso también puede ser parte del entrenamiento. Y si un perro ya tiene una historia de mordidas defensivas, trabajar con un profesional cualificado no es una exageración: es una manera de proteger al perro y a las personas mientras aprendemos juntos.
Doki probablemente nunca va a convertirse en Puppy. Puppy es de esos perros que parecen pensar que si un humano quiere revisarle una pata, ponerle algo en la oreja o mirarle los dientes, bueno, será por algo. Doki, en cambio, necesita mucha más preparación y probablemente siempre necesitaremos tener en cuenta su historia. Pero que Doki sea Doki no significa que tengamos que resignarnos a no poder cortarle las uñas, revisarle una pata o llevarlo al veterinario.
Antes del producto, hay una habilidad que construir
Y creo que esa es una idea que también vale para todos esos tutores que nos dicen que no quieren comprar un producto de cuidado porque “mi perro no se deja”.
A veces el problema no es el producto. El problema es que el perro todavía no aprendió a recibir ese cuidado.
Si no podemos tocarle los cojinetes, el problema no se resuelve simplemente encontrando un humectante diferente. Si no podemos acercarnos a sus orejas, tampoco basta con recomendar un limpiador. Si no podemos revisar su boca, comprar un cepillo de dientes no soluciona por sí solo la dificultad. Antes del producto existe una habilidad que necesitamos construir: que el perro pueda tolerar, y ojalá participar, en la manipulación que ese cuidado requiere.
Y esa habilidad se puede trabajar.
Puede tomar tiempo. Puede requerir pasos muchísimo más pequeños de los que imaginábamos. Puede exigirnos aprender a terminar una sesión cuando todavía va bien, en vez de esperar a que el perro nos diga que ya fue suficiente. Puede requerir ayuda profesional y, en algunos casos, apoyo veterinario o farmacológico. Pero “no se deja” no tiene por qué ser el final de la conversación.
Quizás la pregunta más útil no sea entonces cómo conseguir que nuestro perro aguante que lo cuidemos, sino cómo podemos enseñarle a participar en ese cuidado. Porque dejarse hacer y cooperar no son lo mismo, y entre ambas cosas existe todo un mundo de habilidades que podemos construir junto a ellos.