¿Tu gato realmente crea un vínculo contigo? Lo que la ciencia ha descubierto en los últimos años
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Hace algunos meses escribimos sobre algo que muchos tutores sienten haber vivido alguna vez: enfermarse o pasar por un período difícil y notar que su perro o gato también cambia. Lo interesante de ese artículo fue descubrir que detrás de esa intuición había investigación científica real.
Mientras preparábamos ese contenido apareció otra pregunta que también parece repetirse entre quienes viven con gatos.
¿Los gatos desarrollan un vínculo con las personas de la misma forma que los perros?
Durante mucho tiempo la respuesta parecía bastante clara. Los perros fueron considerados animales profundamente sociales, capaces de establecer relaciones muy estrechas con los humanos. Los gatos, en cambio, eran descritos como animales independientes, más interesados en el alimento que en las personas.
En los últimos años esa idea comenzó a estudiarse con mayor profundidad. Y los resultados son más interesantes de lo que muchos esperaban.
Un área de investigación sorprendentemente nueva
Aunque convivimos con gatos desde hace miles de años, la mayor parte de la investigación sobre el vínculo humano-animal se desarrolló utilizando perros. No es casualidad: su historia evolutiva está estrechamente ligada a la cooperación con las personas, lo que hizo que durante décadas fueran el modelo principal para estudiar comunicación, emociones y comportamiento social.
Los gatos siguieron otro camino. Su domesticación fue más gradual y conservaron una mayor autonomía conductual, por lo que durante mucho tiempo simplemente se asumió que establecían relaciones diferentes con los humanos. El problema es que esa afirmación se repetía mucho más de lo que realmente se estudiaba.
El estudio que cambió la conversación
En 2019, un grupo de investigadoras de la Universidad Estatal de Oregón decidió adaptar para gatos una prueba ampliamente utilizada en psicología infantil: la Situación Extraña, desarrollada originalmente por Mary Ainsworth para evaluar estilos de apego en niños pequeños.
La prueba consiste, de manera muy resumida, en observar cómo reacciona un individuo cuando la figura con la que mantiene un vínculo sale de la habitación y luego vuelve.
Los resultados llamaron la atención.
Aproximadamente dos tercios de los gatos evaluados mostraron un patrón compatible con apego seguro: exploraban con mayor tranquilidad cuando su tutor estaba presente, manifestaban cierto malestar durante la separación y buscaban retomar el contacto cuando la persona regresaba. El porcentaje era muy parecido al observado anteriormente en niños pequeños y en perros mediante pruebas similares.
Por primera vez existía evidencia experimental de que muchos gatos utilizan a su tutor como una figura de seguridad.
La investigación no terminó ahí
Como suele ocurrir en ciencia, un estudio importante no cerró la discusión. Al contrario, abrió nuevas preguntas.
En los años siguientes comenzaron a aparecer trabajos que analizaron ese mismo vínculo desde otras perspectivas. Algunos investigadores plantearon que el concepto de "apego" podría no describir completamente la relación entre gatos y humanos. No porque el vínculo no exista, sino porque los gatos y los perros evolucionaron siguiendo estrategias sociales diferentes.
Los perros fueron seleccionados durante miles de años por su capacidad para cooperar estrechamente con las personas. Los gatos mantuvieron una mayor independencia, incluso durante el proceso de domesticación. Eso significa que es esperable que expresen la cercanía, la confianza y la búsqueda de seguridad de maneras distintas.
La discusión actual ya no parece centrarse en demostrar si los gatos crean vínculos con las personas, sino en comprender cómo funcionan esos vínculos y qué características los hacen propios de la especie.
También leen mucho más de nosotros de lo que imaginamos
Otro aspecto que ha llamado la atención de la investigación reciente es la enorme cantidad de información que los gatos obtienen simplemente observándonos.
Diversos estudios muestran que son capaces de responder a cambios en nuestra postura corporal, expresiones faciales, tono de voz e incluso a modificaciones en la rutina cotidiana. Quien vive con un gato probablemente haya visto escenas familiares: aparecen cuando alguien lleva varios días enfermo, modifican sus horarios cuando cambia la rutina de la casa o buscan más contacto durante períodos de estrés.
No significa necesariamente que comprendan nuestras emociones del mismo modo que otro ser humano. Sí significa que perciben una enorme cantidad de señales sobre nuestro estado físico y emocional, y ajustan parte de su comportamiento en función de ellas.
Una relación que todavía estamos aprendiendo a entender
Uno de los aspectos más interesantes de toda esta línea de investigación es que obliga a mirar a los gatos desde su propia biología y no desde la comparación constante con los perros.
Esperar que un gato exprese afecto exactamente igual que un perro probablemente nos haga pasar por alto muchas conductas que sí forman parte de su repertorio social:
- Dormir cerca de una persona
- Seguirla por la casa
- Frotar la cabeza o el cuerpo
- Parpadear lentamente al mirarte
- Compartir el mismo espacio sin necesidad de contacto permanente
No son gestos equivalentes a los de un perro. Son gestos felinos. Y entender esa diferencia permite interpretar muchas de sus conductas con bastante más precisión.
Lo que podemos llevarnos de todo esto
La investigación sobre comportamiento felino ha avanzado enormemente durante la última década, pero todavía quedan muchas preguntas abiertas.
Lo que hoy parece bastante claro es que la relación entre gatos y personas es mucho más compleja de lo que durante años se creyó. No porque los gatos se comporten como perros, sino porque construyen vínculos siguiendo las reglas propias de su especie.
Y cuanto más aprendemos sobre esas reglas, más fácil resulta comprender que muchas de las conductas que antes parecían indiferencia eran, en realidad, otra forma de relacionarse con nosotros.