Castrar o no castrar: el dogma que nadie cuestiona (y que ya es hora de revisar)
Share
En Chile, si tienes una mascota y no la has castrado, ya sabes lo que viene: la mirada, el comentario, la pregunta que no es pregunta. ¿Y cuándo la vas a castrar? Como si fuera un trámite pendiente, una deuda moral con la sociedad.
Y en parte, lo entiendo. El problema de sobrepoblación de perros y gatos en Chile es real, documentado y urgente. Las fundaciones que rescatan animales viven esa realidad todos los días. La castración masiva ha sido, durante décadas, la herramienta más efectiva disponible para reducir ese número.
Pero hay una conversación que en Chile casi no existe, y que en Estados Unidos y Europa lleva años desarrollando evidencia: ¿qué le hace la castración tradicional al cuerpo de un animal? ¿A qué edad es realmente seguro hacerla? ¿Existen alternativas que resuelvan el problema de la reproducción sin eliminar las hormonas?
Este artículo no es un argumento en contra de castrar. Es un argumento a favor de castrar con información.
El consenso que conocemos: por qué la castración se volvió dogma
La castración y esterilización tradicional, orquiectomía en machos, ovariohisterectomía en hembras, tiene beneficios reales y documentados que no se pueden ignorar.
En hembras, reduce significativamente el riesgo de tumores mamarios si se realiza antes del primer celo, elimina el riesgo de piometra (una infección uterina potencialmente fatal) y evita los ciclos de celo que generan estrés tanto en el animal como en el tutor. En machos, elimina el riesgo de cáncer testicular y reduce comportamientos asociados a la testosterona como el marcaje, la agresividad intrasexual y la tendencia a escapar.
Y desde el punto de vista poblacional, el argumento es contundente: cada animal no castrado es un potencial origen de camadas no planificadas, muchas de las cuales terminan en la calle o en refugios saturados.
Todo eso es verdad. Y sin embargo, la ciencia más reciente está añadiendo capas de complejidad que el discurso popular todavía no ha incorporado.
Lo que la evidencia más reciente está diciendo
El punto de inflexion en este debate fue un estudio publicado en 2013 por investigadores de la Universidad de California Davis, liderado por el Dr. Benjamin Hart. El estudio analizó a Golden Retrievers castrados y no castrados, y encontró algo que nadie esperaba: los machos castrados antes del año de vida tenían tasas significativamente más altas de ciertos tipos de cáncer —especialmente linfoma y hemangiosarcoma— y de displasia de cadera, comparados con los no castrados.
Estudios posteriores replicaron hallazgos similares en otras razas: Labrador Retrievers, Rottweilers, Vizslas. No en todas las razas por igual, y no con los mismos efectos, pero el patrón era consistente: la castración temprana, al eliminar las hormonas sexuales durante el período de desarrollo, tiene consecuencias fisiológicas que van más allá de la reproducción.
Las hormonas sexuales —estrógenos y testosterona— no solo regulan la reproducción. Participan en el desarrollo óseo, en la regulación del metabolismo, en la respuesta inmune y en el desarrollo muscular. Eliminarlas antes de que el animal haya completado su desarrollo tiene efectos que la medicina veterinaria está apenas comenzando a mapear con precisión.
El problema de la edad: lo que pasa cuando se castran a los 2 meses
Aquí es donde el debate se vuelve más incómodo, porque toca directamente una práctica muy extendida en Chile: las fundaciones y refugios que entregan cachorros y gatitos ya castrados, a veces desde los 2 meses de vida.
La lógica es comprensible: si el animal sale del refugio sin castrar, hay riesgo real de que el tutor no lo haga después. Y ese riesgo, multiplicado por miles de animales, tiene consecuencias poblacionales concretas. Es una decisión de salud pública, no de medicina individual.
Pero la evidencia sobre castración prepuberal —antes de los 3-4 meses en gatos, antes de los 6-12 meses en perros dependiendo de la raza— muestra efectos que vale la pena conocer:
- Mayor riesgo de incontinencia urinaria en hembras, especialmente en perras de razas medianas y grandes.
- Alteraciones en el cierre de las placas de crecimiento óseo, lo que puede resultar en animales más altos pero con huesos proporcionalmente más débiles.
- Mayor predisposición a obesidad, dado el rol de las hormonas sexuales en la regulación metabólica.
- En algunos estudios, mayor prevalencia de ciertos problemas de comportamiento, incluyendo ansiedad y reactividad.
Esto no significa que las fundaciones estén haciendo algo malo. Significa que estamos ante un dilema real entre bienestar individual y bienestar poblacional, y que ese dilema merece ser nombrado, no ignorado.
Las alternativas que casi nadie menciona en Chile
En Estados Unidos y en algunos países europeos, hay una conversación creciente sobre procedimientos que resuelven el problema de la reproducción sin eliminar las hormonas. Son los equivalentes a la ligadura de trompas y la vasectomía en humanos.
En hembras: ovariectomía parcial o ligadura de trompas. Se interrumpe la capacidad reproductiva sin extirpar los ovarios, lo que preserva la producción hormonal. El animal sigue teniendo ciclos, pero no puede quedar preñada.
En machos: vasectomía. Se interrumpe el conducto deferente, impidiendo la fertilización, pero los testículos permanecen y siguen produciendo testosterona.
Las ventajas potenciales son significativas: se preserva el perfil hormonal, se reduce el riesgo de los efectos negativos asociados a la castración temprana, y el animal completa su desarrollo fisiológico normal.
Las desventajas también existen: en hembras, el ciclo de celo continúa, lo que puede ser difícil de manejar para algunos tutores. En machos, los comportamientos asociados a la testosterona —marcaje, tendencia a escapar, agresividad con otros machos— no desaparecen. Y en Chile, estos procedimientos son prácticamente desconocidos y muy pocos veterinarios los realizan.
También existe la opción de la castración química temporal mediante implantes hormonales (como la deslorelin), que suprime temporalmente la función reproductiva sin cirugía. Es reversible, lo que la hace útil para tutores que quieren posponer la decisión mientras el animal completa su desarrollo.
Lo que esto significa en la práctica: cómo tomar una decisión informada
No hay una respuesta única. Pero hay preguntas que vale la pena hacerse antes de agendar la cirugía:
¿Qué edad tiene tu mascota? La evidencia sugiere que esperar a que el animal complete su desarrollo —generalmente entre los 12 y 18 meses en razas grandes, antes en razas pequeñas— reduce algunos de los riesgos asociados a la castración temprana. Esto no es universal, y tu veterinario debe evaluar el caso específico.
¿Es hembra o macho? Los riesgos y beneficios no son simétricos. En hembras, el riesgo de piometra y tumores mamarios es un argumento sólido a favor de la esterilización. En machos, el balance es más matizado.
¿Qué raza es? La evidencia sobre efectos negativos de la castración temprana es más sólida en razas grandes. En razas pequeñas, los hallazgos son menos consistentes.
¿Cuál es tu contexto real? Un gato que tiene acceso al exterior y puede quedar preñada o dejar preñada a otras tiene un riesgo reproductivo concreto. Un perro que vive en departamento y no tiene contacto con otros animales tiene un contexto diferente.
El punto que nadie dice en voz alta
La castración masiva y temprana fue una respuesta de emergencia a un problema de emergencia. Y sigue siendo necesaria en ese contexto: en refugios, en comunidades con alta población callejera, en situaciones donde el control reproductivo individual no es posible.
Pero para tutores responsables, con acceso a veterinarios, con capacidad de tomar decisiones informadas, el dogma de “castra siempre, cuanto antes, sin preguntas” merece ser revisado. No para abandonarlo, sino para refinarlo.
Castrar sigue siendo, en la mayoría de los casos, la decisión correcta. Pero la edad importa. La raza importa. El sexo importa. Y el hecho de que existan alternativas que preservan las hormonas merece al menos ser parte de la conversación con tu veterinario.
Ser un buen tutor no significa seguir el dogma sin cuestionarlo. Significa informarse, preguntar, y tomar la mejor decisión posible para el animal específico que tienes frente a ti.